LAS TENUES REDES DE L A VOZ
Una nota sobre lo colectivo en Caja Negra
Vivimos en una época paradójica.
Sumidos en redes planetarias de información, bajo un sistema de intercambios económicos y políticos globales, que promueven la iniciativa y la libertad personal; nunca, por una parte, hemos tenido un mayor acceso a la información, y como nunca el valor de la diferencia y la individualidad han sido más apreciados. Sin embargo, como nunca también, asistimos a un proceso de fragmentación social y epistemológica que lejos de percibirse un logro, representa un malestar en la época. Porque bajo esta inmensidad que implican las redes globales, lo que acontece es una virtualización de los límites, una pérdida del peso del cuerpo.
Esta virtualidad que se ofrece infinita, que promete expandir los mundos, lo que provoca, ante todo, es la disolución de éstos en un hiperrealismo de reality show, que anestesia los sentidos hipotrofiando nuestra capacidad de reacción. (Es lo que Adorno, respecto a la mentalidad autoritaria, llama indiferencia ante el dolor.) Si el cuerpo es lo que resiste, porque resiste, logra levantar lindes por los que nos confrontamos y diferenciamos materialmente; pero también, nos permiten señalar rumbos y destinos, precisamente porque nos conmociona y paraliza. En un mundo trasparente por el exceso de significación, en el cual toda resistencia tiende a su desvanecimiento, necesariamente también, los lugares y las identidades que en ellos se dan. La pérdida del cuerpo es, además, la pérdida del lugar propio, del nicho, y primordialmente, la pérdida del deseo de lugar - de que nos es lícito esperarlo.
Vivimos en un mundo paradójico - ya lo decía. Y ante él, pareciera que no nos quedara otra que desplegar estrategias paradójicas de subsistencia. Quiero decir: que si el tiempo de la consecuencia ha pasado, en tanto entendemos la consecuencia como un absoluto moral, este ideal, se hace intraducible en la realidad actual, porque sólo es concebible por una racionalidad sistémica y no paradójica como la que intento describir. Una racionalidad paradójica es aquella, que siendo no sólo conciente de la cosa (el objeto del pensamiento) lo es principalmente de las estrategias que la conforman (sus operaciones de sentido), y sobre ellas trabaja. Lo que tampoco significaría hacer del efecto el discurso, asunto que viene siendo hace rato un tópico común de estas postrimerías epocales. La paradoja consiste precisamente en plantear la simultaneidad de la cosa y su efecto, esto es, subvertir el principio de no-contradicción y al pensamiento que lo contiene para el cual, la contradicción se presenta también como imagen, copia, doble o simplemente efecto de lo que es. La simultaneidad significa entonces, hundir la cuña en el de, ahí donde los contrarios no ven - en el punto ciego que hace saltar la apropiación de esta dialéctica. El pensamiento de la simulación, en cambio, como intento de resistencia política, al mantener intocado este principio, produce una operación crítica que apenas invierte diametralmente la relación de contrarios, que a la larga precipita en una cosificación de la estrategia. La paradoja no quiere tener que ver con dialécticas, antes bien, trata de asirse allí donde el viejo jónico indicaba: “camino arriba abajo uno y el mismo”. En el lugar de esa mismidad desaparece la contradicción entre cosa y efecto, imagen y modelo. La paradoja trabaja en esta disolución, asumiéndola como condición de posibilidad. La paradoja, entonces, no produce indiferencia, antes bien, carga con la indiferencia que se da, no para transformarla, ni mudarla de sitio, ni siquiera diferirla de un aquí y ahora, sino que, para torcerla hasta que rechine y duela. Un pensamiento funámbulo, que articula allí donde no hay articulación, que deforma de tal modo de no parecer. El acróbata que mantiene su amplia sonrisa, mientras se desgañitan sus músculos y huesos.
Pero ustedes asisten hoy a una muestra de los Talleres Caja Negra.
Para los que han seguido su trayectoria en sus más de 18 años; para los que conocen la obra plástica y escrita de sus integrantes, y saben de sus posiciones críticas ante el circuito de arte nacional y han sido testigos de su ampliación como Corporación de Investigaciones de Arte Caja Negra surgida en 1998, podría resultar paradójica su actual inserción en el medio, y más aún, su opción de someterse a la más severa legalidad. Y ciertamente lo es, y lo es ante todo, porque nace bajo los signos de estos tiempos.
Pero es posible, que para muchos de ustedes haya pasado desapercibida la que es la mayor de todas las paradojas: esta no es una muestra colectiva de artistas que se juntan eventualmente para exponer; es la muestra de un colectivo de artistas que agrupados orgánicamente en el espacio físico de una casona en la comuna de Ñuñoa, se reúnen, no necesariamente en torno a un discurso común, más bien a una actitud que profesa el trabajo colectivo, la apertura al diálogo interdisciplinario y el énfasis en la investigación como horizontes de la creación artística.
Y lo profesa precisamente hoy.
En La Tarea del Traductor, Walter Benjamín sostenía que en un principio todos los lenguajes se encontraban unidos, y como una vasija que cae y se quiebra, este lenguaje adánico, habría quedado desperdigado en las diferentes lenguas. Esta imagen uterina nos enseña, por una parte, que las lenguas autónomas no pueden dar cuenta por sí solas de su identidad, requieren abrirse a las otras, no para evanecerse en ellas, por el contrario para aparecer en su diferencia. Pero también afirma la absoluta falta de privilegios de una sobre otras. Si el tema es la capacidad de dar cuenta del mundo, de la época, entonces esa posibilidad es la reunión de lo desperdigado, como quien junta los pedazos rotos de esa vasija, trozos desgastados por el tiempo que ya no ensamblan perfectamente, denotando la falla. Sobre la pérdida de ese origen y sobre la convicción de que ello, sólo se manifiesta en las fallas de esa unión, es que esta agrupación pretende asumir un carácter interdisciplinario, no dejándose embaucar por la moda o las estrategias de fragmentación que ejerce el poder sobre el saber. Reunión entonces, ya no de los mismos en lo mismo, sino convergencia solidaria, en el entendido que cada cual desde su particular lugar habla una lengua. Esto es, además, el sentido de un trabajo colectivo: la amistad de la que hablaba Aristóteles, aquella en la cual los iguales deliberaban sobre lo mejor para la comunidad. La amistad como fundamento de la acción política y como defensa radical ante la latencia del totalitarismo:
“Un hombre llega a ser amigo cuando, siendo amado, ama a su vez,
y esta correspondencia no escapa a ninguno de los dos.”
(Ética a Eudemo, 1236ª, 14-15)
Pero tal reciprocidad, en tanto exige el consentimiento mutuo, sólo es factible en cierta materialidad del trato, y entiéndase bien: lo material del trato no es meramente la presencialidad en el encuentro, lo material es el reconocimiento de la mediaticidad de nuestras relaciones, el hecho de que nuestras relaciones se conforman esencialmente desde la espera: el darse (del) tiempo.
En un mundo que privilegia la amplitud y la lejanía de lo exótico y pretende acortar la distancia a través del simulacro de la velocidad (que lo único que consigue es ceñir al tiempo a una economía de la inmortalidad, y no de la finitud) los Talleres Caja Negra insisten en la convivencia a escala, en la pequeñez material de la distancia: la vecindad.
Porque es en esta pequeñez donde se constituye un lugar. Por esto un colectivo es siempre político, pues desea a la comunidad - la requiere y la inquiere - y el elemento de una comunidad es la voz.
La comunidad se arma cuando es posible escuchar la voz sin la estridencia de la trasmisión mecánica, allí donde la voz en su aplomo trama el lugar como un susurro persistente en el oído, el susurro de la lengua - al que aludía Barthes. Así finalmente, contra las titánicas redes planetarias que cruzan océanos, las tenues redes de la voz dan materialidad al lugar, a este lugar, como el aliento de alguien que tenemos al lado.
Enero 2002.
Mauricio Barría Jara.
Filósofo y Dramaturgo.
Una nota sobre lo colectivo en Caja Negra
Vivimos en una época paradójica.
Sumidos en redes planetarias de información, bajo un sistema de intercambios económicos y políticos globales, que promueven la iniciativa y la libertad personal; nunca, por una parte, hemos tenido un mayor acceso a la información, y como nunca el valor de la diferencia y la individualidad han sido más apreciados. Sin embargo, como nunca también, asistimos a un proceso de fragmentación social y epistemológica que lejos de percibirse un logro, representa un malestar en la época. Porque bajo esta inmensidad que implican las redes globales, lo que acontece es una virtualización de los límites, una pérdida del peso del cuerpo.
Esta virtualidad que se ofrece infinita, que promete expandir los mundos, lo que provoca, ante todo, es la disolución de éstos en un hiperrealismo de reality show, que anestesia los sentidos hipotrofiando nuestra capacidad de reacción. (Es lo que Adorno, respecto a la mentalidad autoritaria, llama indiferencia ante el dolor.) Si el cuerpo es lo que resiste, porque resiste, logra levantar lindes por los que nos confrontamos y diferenciamos materialmente; pero también, nos permiten señalar rumbos y destinos, precisamente porque nos conmociona y paraliza. En un mundo trasparente por el exceso de significación, en el cual toda resistencia tiende a su desvanecimiento, necesariamente también, los lugares y las identidades que en ellos se dan. La pérdida del cuerpo es, además, la pérdida del lugar propio, del nicho, y primordialmente, la pérdida del deseo de lugar - de que nos es lícito esperarlo.
Vivimos en un mundo paradójico - ya lo decía. Y ante él, pareciera que no nos quedara otra que desplegar estrategias paradójicas de subsistencia. Quiero decir: que si el tiempo de la consecuencia ha pasado, en tanto entendemos la consecuencia como un absoluto moral, este ideal, se hace intraducible en la realidad actual, porque sólo es concebible por una racionalidad sistémica y no paradójica como la que intento describir. Una racionalidad paradójica es aquella, que siendo no sólo conciente de la cosa (el objeto del pensamiento) lo es principalmente de las estrategias que la conforman (sus operaciones de sentido), y sobre ellas trabaja. Lo que tampoco significaría hacer del efecto el discurso, asunto que viene siendo hace rato un tópico común de estas postrimerías epocales. La paradoja consiste precisamente en plantear la simultaneidad de la cosa y su efecto, esto es, subvertir el principio de no-contradicción y al pensamiento que lo contiene para el cual, la contradicción se presenta también como imagen, copia, doble o simplemente efecto de lo que es. La simultaneidad significa entonces, hundir la cuña en el de, ahí donde los contrarios no ven - en el punto ciego que hace saltar la apropiación de esta dialéctica. El pensamiento de la simulación, en cambio, como intento de resistencia política, al mantener intocado este principio, produce una operación crítica que apenas invierte diametralmente la relación de contrarios, que a la larga precipita en una cosificación de la estrategia. La paradoja no quiere tener que ver con dialécticas, antes bien, trata de asirse allí donde el viejo jónico indicaba: “camino arriba abajo uno y el mismo”. En el lugar de esa mismidad desaparece la contradicción entre cosa y efecto, imagen y modelo. La paradoja trabaja en esta disolución, asumiéndola como condición de posibilidad. La paradoja, entonces, no produce indiferencia, antes bien, carga con la indiferencia que se da, no para transformarla, ni mudarla de sitio, ni siquiera diferirla de un aquí y ahora, sino que, para torcerla hasta que rechine y duela. Un pensamiento funámbulo, que articula allí donde no hay articulación, que deforma de tal modo de no parecer. El acróbata que mantiene su amplia sonrisa, mientras se desgañitan sus músculos y huesos.
Pero ustedes asisten hoy a una muestra de los Talleres Caja Negra.
Para los que han seguido su trayectoria en sus más de 18 años; para los que conocen la obra plástica y escrita de sus integrantes, y saben de sus posiciones críticas ante el circuito de arte nacional y han sido testigos de su ampliación como Corporación de Investigaciones de Arte Caja Negra surgida en 1998, podría resultar paradójica su actual inserción en el medio, y más aún, su opción de someterse a la más severa legalidad. Y ciertamente lo es, y lo es ante todo, porque nace bajo los signos de estos tiempos.
Pero es posible, que para muchos de ustedes haya pasado desapercibida la que es la mayor de todas las paradojas: esta no es una muestra colectiva de artistas que se juntan eventualmente para exponer; es la muestra de un colectivo de artistas que agrupados orgánicamente en el espacio físico de una casona en la comuna de Ñuñoa, se reúnen, no necesariamente en torno a un discurso común, más bien a una actitud que profesa el trabajo colectivo, la apertura al diálogo interdisciplinario y el énfasis en la investigación como horizontes de la creación artística.
Y lo profesa precisamente hoy.
En La Tarea del Traductor, Walter Benjamín sostenía que en un principio todos los lenguajes se encontraban unidos, y como una vasija que cae y se quiebra, este lenguaje adánico, habría quedado desperdigado en las diferentes lenguas. Esta imagen uterina nos enseña, por una parte, que las lenguas autónomas no pueden dar cuenta por sí solas de su identidad, requieren abrirse a las otras, no para evanecerse en ellas, por el contrario para aparecer en su diferencia. Pero también afirma la absoluta falta de privilegios de una sobre otras. Si el tema es la capacidad de dar cuenta del mundo, de la época, entonces esa posibilidad es la reunión de lo desperdigado, como quien junta los pedazos rotos de esa vasija, trozos desgastados por el tiempo que ya no ensamblan perfectamente, denotando la falla. Sobre la pérdida de ese origen y sobre la convicción de que ello, sólo se manifiesta en las fallas de esa unión, es que esta agrupación pretende asumir un carácter interdisciplinario, no dejándose embaucar por la moda o las estrategias de fragmentación que ejerce el poder sobre el saber. Reunión entonces, ya no de los mismos en lo mismo, sino convergencia solidaria, en el entendido que cada cual desde su particular lugar habla una lengua. Esto es, además, el sentido de un trabajo colectivo: la amistad de la que hablaba Aristóteles, aquella en la cual los iguales deliberaban sobre lo mejor para la comunidad. La amistad como fundamento de la acción política y como defensa radical ante la latencia del totalitarismo:
“Un hombre llega a ser amigo cuando, siendo amado, ama a su vez,
y esta correspondencia no escapa a ninguno de los dos.”
(Ética a Eudemo, 1236ª, 14-15)
Pero tal reciprocidad, en tanto exige el consentimiento mutuo, sólo es factible en cierta materialidad del trato, y entiéndase bien: lo material del trato no es meramente la presencialidad en el encuentro, lo material es el reconocimiento de la mediaticidad de nuestras relaciones, el hecho de que nuestras relaciones se conforman esencialmente desde la espera: el darse (del) tiempo.
En un mundo que privilegia la amplitud y la lejanía de lo exótico y pretende acortar la distancia a través del simulacro de la velocidad (que lo único que consigue es ceñir al tiempo a una economía de la inmortalidad, y no de la finitud) los Talleres Caja Negra insisten en la convivencia a escala, en la pequeñez material de la distancia: la vecindad.
Porque es en esta pequeñez donde se constituye un lugar. Por esto un colectivo es siempre político, pues desea a la comunidad - la requiere y la inquiere - y el elemento de una comunidad es la voz.
La comunidad se arma cuando es posible escuchar la voz sin la estridencia de la trasmisión mecánica, allí donde la voz en su aplomo trama el lugar como un susurro persistente en el oído, el susurro de la lengua - al que aludía Barthes. Así finalmente, contra las titánicas redes planetarias que cruzan océanos, las tenues redes de la voz dan materialidad al lugar, a este lugar, como el aliento de alguien que tenemos al lado.
Enero 2002.
Mauricio Barría Jara.
Filósofo y Dramaturgo.